Hombres del pañuelo rojo

Texto y fotografía Carlos González Junio 26, 2016
Carlos Herrera escala el tercer largo de la ruta, asegurado por José Manuel. Ellos son la cordada de apoyo.

Carlos Herrera escala el tercer largo de la ruta, asegurado por José Manuel. Ellos son la cordada de apoyo.

En 1988 visité por primera vez el estado de Chiapas, en aquella ocasión me sentí maravillado por la majestuosidad del Cañón del Sumidero; sus enormes paredes que invitan a la aventura, simplemente me dejaron impresionado. 18 años después realicé mi segunda visita, invitado por la Secretaría de Turismo estatal. Esa segunda ocasión, recorrí varios sitios de interés turístico para aventureros, y conté con el apoyo de un grupo de jóvenes que gustan de las actividades de aventura: acompañado de integrantes del Grupo Escala recopilé información para varios reportajes (Aventura Vertical, números 38, 39 y 40). Ellos me comentaron algunas inquietudes que tenían desde hace ya varios años, una de ellas era la de escalar el Cañón del Sumidero. Sabíamos que otros escaladores lo habían intentado sin éxito. Ahí quedó la plática. Semanas más tarde, cuando escribía y preparaba la publicación de algunos de los artículos, envié un correo electrónico a Calvin Smith y Alejandro Gómez para proponerles escalar El Sumidero: el plan era que Aventura Vertical y su grupo organizaran y coordinaran este primer ascenso al espectacular cañón. Días después recibí su respuesta con la que confirmaban su participación, y empezamos a organizar el proyecto.

El 8 de enero de 2006 después de arduos trabajos, de buscar la mejor ruta de escalada, apoyos y patrocinadores, viajamos a Tuxtla con Diego Bisquerra y Dalila Calvario para encontrarnos con el resto del grupo de escaladores. Iniciamos las actividades en Chapa de Corzo, ahí los miembros de la expedición y sus familiares participamos en una ceremonia para pedir permiso a los espíritus del cañón para permanecer en el lugar, tener buena suerte durante la expedición y lograr escalar la primera ruta de gran pared en el cañón. Arrojamos al río Grijalva una ofrenda de alimentos. La ceremonia creó un ambiente de respeto, misticismo y reflexión.

José Manuel, uno de los escaladores, hizo el siguiente comentario: “La ceremonia fue un hecho inolvidable. Fue maravilloso sentir en carne propia el estruendoso sonido al llamar a los espíritus, junto con la bendición de la oración en la lengua mankeme, en conjunto con una energía colectiva que recorrió todo mi ser de pies a cabeza”.

El lunes 9 de enero se dio inicio oficial el proyecto. Por la tarde, Diego, Alejandro y yo arribamos al campamento base. El resto de los escaladores ya se encontraban en el lugar, al que se designó como El Castillo. Para llegar ahí tuvimos que navegar 15 minutos, y subir una loma de 200 m por una vereda más o menos sencilla, que nos tomó casi una hora de caminata. Después subimos por una cuerda de 60 m hasta la gran repisa. Fui el último en subir; ya estaba oscuro, y al engancharme a la cuerda alcancé a ver dentro de una grieta de la pared algo que se movía. Dirigí la luz de la lámpara al hueco, me acerqué y vi un gran escorpión café (tal vez de 6 cm), trataba de escapar de la luz, bueno, tendría que acostumbrarme a ello. Inicié el ascenso, más temeroso por el animal que por la altura que tenía que subir. Lo tomé con calma y ascendí disfrutando de la luz de la luna y de la soledad.

Por la mañana pude ubicar bien el lugar, un espacio bastante amplio. El único inconveniente era que arriba de nosotros se encontraban los nidos de los murciélagos, por lo que al salir o entrar tiraban su excremento y si uno tenía la cara hacia arriba, ocurría una experiencia desagradable. Ir al baño no era cosa sencilla, pues tuvimos que usar como letrina bolsas de papel y depositarlas en un bote con tapa. Como nos encontrábamos en un parque nacional, debíamos tener mucho cuidado de no dañar el lugar.

Cuando me levanté, los demás ya estaban desayunando, todos animados para poner en práctica el plan del día: Calvin y Alejandro subieron al campamento de altura (varias semanas antes ya se habían escalado varios tramos) para llevar equipo y alimentos. Carlos Herrera y José Manuel subieron equipo, comida y agua al campamento base; Diego y yo tomamos fotografías y filmamos todas estas actividades.

El Castillo se encuentra después de los tres primeros tramos de escalada, al final de una travesía con piedra suelta que es un poco peligrosa. De esta repisa se camina un poco a la izquierda y la ruta continúa por la cara derecha de un diedro.

Al conversar durante el desayuno, observamos pasar las lanchas que transportaban turistas. Los guías detenían su marcha frente a la pared de los tres diedros, donde se ubicó la ruta de escalada, nos saludaban y después de unos minutos seguían su camino; esto se repitió todos los días. Por otro lado, desde el mirador La Coyota, que queda frente a la pared, alguien con binoculares podía ver todos los detalles ocurridos en el campamento base; los muchachos sentían que estaban en un una gran caja de cristal, viviendo a la vista de todos los turistas: El Cañón del Sumidero ya tenía un atractivo más.

José Manuel comenta: “Día a día, cuando charlaba, comía o simplemente descansaba, el campo base se convertía en algo más importante para mí. Al principio, me sentí incómodo con la forma como pretendía organizar mi comida, mis artículos personales, ir al baño y dormir, hasta que sin darme cuenta el campo base fue más que un simple lugar que acondicionamos para vivir: se convirtió en el sitio al que pertenecía. Superado el desconcierto, ya sabía bien a qué hora los rayos del sol entraban por la mañana, por dónde soplaba el viento, la textura de la pared lateral, los sonidos de la noche, hasta la hora en la que un pillo ratón salía en búsqueda de nuestros barras de chocolate. Por la mañana, al despertar, era impresionante abrir los ojos y sentir ante mí esa inmensidad de espacio caprichosamente creado, al que resguardan estos dos gigantes rocosos, uno de los cuales estábamos escalando”.

 Ayudamos a los muchachos en las maniobras para subir algunas de las cosas al campamento base: Carlos bajó y colocó agua y equipo en un tambo de plástico, José Manuel operó el sistema de polea para subirlo y una vez arriba las sacamos y las llevamos al Castillo, mientras que Calvin y Alejandro subían por las cuerdas fijas hasta el último anclaje.

Por la tarde soplaba el viento y levantaba la tierra seca del campamento; no teníamos estufa (llegaría más tarde) por lo que era necesario subir un poco de leña para poder comer algo caliente. Por la noche Calvin y Alejandro bajaron; a su regreso nos comentaron que habían arreglado el equipo y subirían a la mañana siguiente más cosas y empezarían a escalar. Decidimos que hasta que llegaran a la parte de los techos donde se encuentra La Proa, y colocaran el campamento, subiríamos con ellos para tomar algunas fotos.

El jueves 12, los escaladores se comunicaron por radio y nos comentaron que habían instalado el campamento, entonces acordamos que Diego y yo subiríamos el viernes temprano para tomar algunas imágenes y video.

A las siete de la mañana, empezamos a subir sobre la cuerda fija; nos tomó cinco horas llegar con los muchachos, que descansaban sobre el catre de gran pared. No podían escalar, porque al hacerlo tirarían piedras mientras nosotros subíamos. Cuando nos vieron fuera de peligro, empezaron a preparar su equipo para escalar. El sol pegaba de lleno sobre la pared y el calor era muy fuerte. Alejandro cubierto de equipo se desplazó a la derecha del catre y empezó a escalar en artificial, Calvin lo aseguró, no sin antes cubrirse la cara con protector solar.

Regularmente el avance en escalada artificial es lento pero, cuando no se tiene muchas opciones para colocar buenos anclajes y escalar en libre, se tiene que utilizar esta técnica y a determinada distancia colocar un anclaje sólido que detenga una posible caída. Alejandro estaba a punto de entrar a la parte más extraplomada de la ruta, pensamos que podía ser lo más difícil. Avanzó despacio y de repente tuvo una caída: fue pequeña, pero no dejó de acelerarle las pulsaciones.

Él continuó escalando mientras lo observaba. Me gustaría quedarme más tiempo, pero Diego y yo nos teníamos que bajar, nos despedimos de ellos y empezamos el descenso; llegamos al campamento a las siete de la noche: 12 horas nos tomó subir y regresar. Fue un día largo, y estaba cansado. Al día siguiente saldríamos del cañón para ir a la parte superior de la ruta. El ascenso lo haríamos por una ruta que todavía no conocíamos, así que tendríamos que abrir camino.

El sábado por la mañana bajé con Diego al río, en lo que pasaba una lancha que nos llevara al embarcadero, aproveché y me lavé un poco; teníamos cinco días de no bañarnos, ¡qué aguante!, aunque mi récord es de 21 días, durante una expedición en 1984.

El lunes por la mañana hablamos con los escaladores, desde el mirador La Coyota. Alejandro aún no superaba la zona de los techos, pero estaba a punto de lograrlo; se oían contentos con el avance y se sentían muy seguros.

Diego y yo teníamos que ir del otro lado del cañón, pero no teníamos claro cómo hacerlo; las personas encargadas de explorar la ruta sólo habían recorrido una parte. Jorge Paz, amigo y geógrafo, ya nos había orientado sobre los poblados más cercanos y a los que nos convenía llegar. Para desplazarnos necesitábamos un vehículo. Con la ayuda de Stefano, un amigo, logramos llegar a El Triunfo, que se encuentra a 6 km de la parte alta de la pared. En ese poblado tuvimos la valiosa ayuda de Enrique Pérez, quien nos guió y alquiló unas mulas para transportar nuestras mochilas. El primer día avanzamos poco y llegamos a un punto donde Enrique ya no supo cual era el camino correcto hacía la parte alta de la ruta de escalada. Ya era tarde, empezó a lloviznar y el guía tenía que regresar a su casa. Decidimos acampar y nos despedimos de Enrique y su hijo Abelardo. Aunque teníamos un mapa topográfico del lugar y llevábamos unas fotografías aéreas, no sabíamos por donde seguir. Por la mañana llegó Enrique, después de desayunar, tomamos otra vereda y encontramos a otro campesino, Celin Pérez, quien ubicó bien el lugar hacia el que queríamos ir. Nos comentó que no había veredas, que teníamos que desmontar; le pedimos que nos indicara el camino y junto con Enrique llagamos a un terreno sembrado de milpas y desde ahí abrimos camino sobre una loma de más de 300 m de desnivel, que baja hasta la parte alta de la ruta de escalada. Después de ubicar bien el lugar, regresamos a las milpas, Celin nos permitió acampar en la parcela de su primo Antonio. Gabriel Merino, Camilo Thompson, Tomas y Diego Bisquerra, que venían en el grupo, se retiraron, me quedé con Kaleb Zárate, un joven universitario amante de la espeleología, quien me ayudó en mi labor de fotógrafo.

Por la mañana llegó Antonio, el dueño de la parcela, después de saludarlo le pedimos permiso para seguir acampando en su terreno, y estuvo de acuerdo. El lugar era frío y había un poco de neblina. Luego de desayunar, Kaleb y yo nos acercamos a la pared, a la cual nos tomó 45 minutos llegar. Llevamos el equipo necesario, instalé la cuerda en un árbol y bajé 100 m para quedar a la altura de los escaladores, Alejandro y Calvin. Ellos habían superado La Selva, y ahora estaban en la entrada de la gran grieta. Era jueves y sería posible lograr la cumbre el domingo, pero ellos aún no habían decidido como subirían las dos coordadas ni la forma en que tendrían que quitar todo el equipo y toda la cuerda fija desde la cumbre.

Alejandro continuó escalando de punta, abriendo la ruta siempre intercalando escalada artificial con escalada libre, cuando era posible.

Diariamente los múltiples radios de comunicación se encendían; los amigos, familiares y periodistas los utilizaban para hablar con los muchachos. La necesidad de saber que los escaladores estaban bien, y la concentración de ellos en la escalada propiciaban diálogos emotivos, curiosos y sorpresivos. En ocasiones era verdaderamente divertido tener el radio encendido:

El viernes 20, la mamá de Alejandro habló con Carlos:

–Les preparé 20 tortas de huevo con chorizo, pero las tuve que regalar porque nadie se las pudo llevar a la pared, dijo.

–¡Hay! Eso no se hace, bueno, ya ni modo, le contestó Carlos.

El editor de la revista Extremo, Enrique Carrasco, se presentó con Alejandro e inmediatamente preguntó:

–¿Cómo ha sido el apoyo de la Federación de Montañismo?

Alejandro contestó que ninguno.

–No te preocupes, Alejandro, yo te puedo conseguir el patrocinio de todo el equipo de la tienda de montaña Séptimo Grado.

–Bueno, gracias, pero ahorita estamos trabajando con Aventura Vertical, finalizó Alejandro.

Preguntas y respuestas emotivas: alguien se comunica con uno de los escaladores:

–¿Alejandro?

–Sí, ¿qué pasó?

–¿Cómo estás?

–Pues bien…

Una tía de Carlos Herrera le habla:

–Hola hijo, te estoy viendo (desde el mirador La Coyota, con binoculares); estoy en Tuxtla.

Una vez que decidieron cual sería el trabajo de los dos días siguientes, el lunes 23 de enero, a las 16:30, Alejandro salió de la gran grieta pero no escaló la zona de los techos. Se desplazó a la derecha por una repisa hacia una zona de plantas y árboles, fijó el último tramo de cuerda y esperó a sus compañeros. Juntos caminaron por una rampa con vegetación y se pararon encima de la pared, logrando coronar la cumbre. Me comuniqué por radio con todos los demás y les comenté lo que estaba ocurriendo. Se lograron escuchar las porras y gritos de felicidad de todos los que, desde el mirador, durante 16 días esperaron y estuvieron pendientes y preocupados. El sueño se había cumplido, al menos hasta ahora sin ningún contratiempo.

José Manuel comenta al respecto: “Despertamos temprano, pensando en la posibilidad de desmotar el equipo fijado por toda la pared para salir el mismo día. Alex y Calvin llegaron aproximadamente a las cuatro de la tarde a la última parte de la pared, mientras preparaban el equipo que saldría por la parte de arriba; Carlos Miguel y yo ascendíamos el último tramo a fin de tener el privilegio de llegar juntos al punto que consideramos la cumbre. Finalmente, caminando por una última ladera llena de hojarasca, llegamos al lugar, nos abrazamos y gritamos jubilosos por la gloriosa sensación de haber hecho la cumbre”.

Al llegar a la cima, amarraron varios paliacates rojos a un árbol, ese era el objetivo de la ruta del Pañuelo Rojo, en honor a los primeros chiapanecos que lograron cruzar El Cañón del Sumidero en balsa. El momento fue emotivo. Ahora tenían que bajar y regresar a su campamento en la pared, y al día siguiente desarmar toda la ruta, más de 600 m de cuerda. Alejandro subiría con José Manuel y Calvin con Carlos bajaría por el río.

El martes por la tarde regresé nuevamente con Kaleb. Fuimos a esperar a José Manuel y Alejandro para ayudarles con todo el equipo que habían utilizado en la parte superior de la ruta. También estaba Enrique y su hijo, entre todos sacamos la pesada carga. La noche había llegado y nos dirigimos a nuestro campamento.

Mientras tanto la otra parte del grupo trataba de bajar toda la carga del Castillo. Al avanzar sobre la ladera que conduce al río, una piedra cayó y le fracturó el fémur izquierdo a Carlos Herrera. A unos cuantos pasos de abandonar el cañón, un pequeño descuido y la mala suerte nublaron el éxito completo de este proyecto: tardaron 12 horas en trasladar a Carlos, unas docenas de metros para llegar al río y después al hospital.

 

José Manuel recuerda: “Tampoco tenía idea de cuánto tiempo nos esperaba de caminata ni la dificultad del camino después de la pared. De pronto, cuando todo parecía perfecto, escuchamos a Vittorio (uno de los amigos que había llegado para ayudar a cargar) decir por radio: “Necesitamos una ambulancia urgentemente porque una piedra cayó y le ha roto el fémur a Carlos”.

Había mucha gente allá abajo, y me daba la impresión de que fueron presa de una desesperación por bajar todo lo más pronto posible; querían desalojar el lugar ese mismo día. Por otro lado, escuchamos por el radio que la mayoría de ellos no traía lámpara. Nosotros nos encontrábamos muy lejos del lugar y no podíamos hacer nada, al menos sabía que Carlos Herrera con buena atención y varias semanas de recuperación estaría bien. Así que seguimos caminando.

Al llegar al campamento, empezó a lloviznar, había mucha neblina, estábamos cansados. Enrique prendió la fogata y calentó la cena; el día anterior le había pedido que trajera un caldo de pollo, frijoles de la olla, arroz, tortillas y un refresco de cola. Después del aislamiento y el trabajo duro que José Manuel y Alejandro habían tenido en la pared, la cena fue un verdadero banquete para ellos, al igual que para Kaleb y para mí. La lluvia no paró del todo pero no importó, acurrucados alrededor de la fogata, disfrutamos de ese momento. Una vez que terminamos, quitamos las tiendas, Enrique cargó las mulas y tomamos la vereda rumbo al Triunfo: fue fabuloso caminar entre la neblina, ya que el camino era cómodo. En ocasiones caía una ligera llovizna. En lugar de hacer tres horas de recorrido, hicimos una y media. La neblina siempre nos acompañó y estuvo con nosotros al final del camino.

 

Ruta Hombres del pañuelo rojo

Dificultad 5. 11, A2, 450 m de altura.