La selva del Petén

Texto Iván González. Fotografía Iván y Carlos González Junio 22, 2015
Bonampak

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Cuando se trabaja en un medio de comunicación, siempre hay actividades de escritorio como elaborar notas, corroborar fuentes, investigar, verificar fechas y hacer llamadas. Suele ser rutinario, sin embargo, un día mientras arreglaba mis pendientes, recibí de mi editor la noticia de que en dos días partiríamos hacia los estados de Chiapas y Tabasco, en el sureste de México. El propósito era hacer un recorrido entre zonas arqueológicas y sitios de interés turístico, pero también sería parte de una expedición a Guatemala para llegar a la ciudad maya de Piedras Negras.

Volamos hacia el aeropuerto internacional de Palenque en Chiapas, después nos reuniríamos con el resto de compañeros de viaje en el municipio de Tenosique, Tabasco. No sin antes visitar la zona arqueológica de Palenque, que se encuentra a tan solo 12 km. Al arribar al aeropuerto, nos recibieron algunas autoridades de éste, quienes amablemente nos invitaron a recorrer las instalaciones. El aeropuerto es el más nuevo del país; ubicado en la cabecera municipal de Palenque, empezó a operar en marzo de 2014 con la intención de impulsar el turismo en la llamada Ruta Maya que en México está integrada por los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo y que también incluye los países de Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador.

Visitamos la torre de control en donde nos explicaron brevemente como funciona un aeropuerto; el paisaje tan frondoso que vi desde lo alto de la torre elevó mis expectativas sobre este viaje, incluso se alcanzaban a ver algunos de los templos de la zona arqueológica de Palenque.

Por falta de tiempo tuvimos que apresurar la visita: nos despedimos y nos reunimos con el resto de las personas con las que viajaríamos los siguientes días.

El aeropuerto internacional de Palenque se encuentra a tan solo 4.5 km del centro la ciudad de Palenque y la zona arqueológica de Palenque a 7 km de la ciudad; Catazajá a 24 km, por lo que resulta atractivo visitar los dos sitios el mismo día.

Nos instalamos en un acogedor hotel de estilo rústico adornado con jardines, el resto de la tarde disfrutamos del clima y una vez llegada la noche pasamos algún tiempo compartiendo anécdotas de viaje; nos preguntábamos sobre lo que encontraríamos y visitaríamos los siguientes días. Al final me dirigí a mi cabaña y desfruté de los sonidos nocturnos de la naturaleza hasta quedar dormido.

Partimos a las cinco de la mañana con dirección a Pomona, una zona arqueológica en el municipio de Tenosique.

El camino fue lento, pues las lluvias repentinas del sur del país fueron constantes, sin embargo, estábamos preparados con impermeables. Primero recorrimos el museo de la zona arqueológica; en ella se exhiben paneles informativos, piezas originales y reproducciones. Antes de llegar se tiene que caminar unos minutos en un sendero adornado con árboles; al terminar éste, encontramos un gran letrero que da la bienvenida a Pomona. Aquí observamos una gran plaza con tres pirámides y árboles gigantes: es la primera vez que veo tanta actividad en una zona arqueológica y no me refiero a actividad humana, sino a la de la fauna del lugar: periquitos verdes volando entre copa y copa de árbol, guacamayas y otras aves; lo que más llamó mi atención fueron dos manadas de monos saraguatos o aulladores, famosos por su gemido gutural a manera de rugido, similar al de un felino grande. Nos explicó el arqueólogo encargado de la zona que estos dos grupos de monos estaban en conflicto territorial, sin duda, ésta fue una experiencia sorprendente.

La zona arqueológica de Pomona se localiza en el estado de Tabasco, a 66 km al sureste de Palenque, tomando la carretera 186, después, la 307 rumbo al poblado de Reforma y se toma la carretera 353 hacia Gregorio Méndez, a 6 km se encuentra la entrada a la zona. Saliendo de Gregorio Méndez, a 23 km por la carretera 203 se llega a Tenosique, Tabasco.

Después de abastecernos de comida, medicamentos y antídotos para picadura de serpiente, partimos hacia los límites del estado, ya que ahí nos reuniríamos con un guía local que nos acompañaría todo el camino hacia Guatemala.

Llegamos antes de las tres de la tarde a su casa, lo saludamos y pronto comenzamos los preparativos para la expedición hacia Piedras Negras: mochilas bien cerradas, con el contenido acomodado en orden de prioridad, agua a la mano, cereales y fruta para recuperar energía en el camino.

Después de la foto del recuerdo, estábamos listos para partir. Caminamos unos minutos sobre la misma carretera por la que llegamos. Algo que me pareció curioso fue que nunca antes había visto el final de un camino: gradualmente la carretera desapareció; de asfalto firme pasamos a terracería y de terracería a sólo terreno, tierra y vegetación.

Caminamos durante un rato a orilla de unos potreros y brincamos un arroyo. Seguimos y entre sembradío y más potreros se abrió un claro frente a nosotros con una curiosa construcción similar a un pilar. Al acercarme vi una placa metálica con información de las coordenadas del lugar y servía como marca entre los límites de cada nación: si daba un paso hacia delante, estaría en Guatemala y si retrocedía la misma distancia, estaría en México, así di un paso al frente.

Aquí es donde la aventura comenzó: el terreno se elevaba un poco y los árboles eran cada vez más altos y frondosos aunque aún eran delgados y jóvenes. Así fue por un buen rato, subiendo y adentrándonos en la selva; al principio no era interesante, simplemente caminábamos entre árboles y ramas. Sin prestarle atención a algo en particular caminé detrás de mis compañeros en silencio, pero al cabo de un rato noté que la luz del día era un poco extraña; revisé mi reloj, pues el atardecer no estaba próximo. Al principio supuse que el día se había nublado, no obstante me percaté que la luz había disminuido y miré hacia arriba: ahí estaba la respuesta a mi inquietud, pues nos habíamos adentrado en la selva, un lugar tan lleno de vida pero poco iluminado. La incalculable cantidad de hojas, ramas y enredaderas colgando de los árboles impedían el paso de la luz. No me había dado cuenta que la vegetación era tan densa que por momentos no se veía el cielo, sólo un techo de hojas verdes. Estaba rodeado de ramas, troncos, hongos, enredaderas, espinas tan largas como mi dedo meñique y flores que parecían sacadas de un libro de ilustraciones de ciencia ficción y en el piso mis botas se enterraban entre hojarasca y lodo. Asombrado seguí la marcha, de nuestro lado derecho corría un río casi silencioso, lo seguimos un buen rato hasta que un tronco gigante impidió nuestro camino. Nuestro guía abría brechas con el machete pues no había un camino que seguir. Después de tres horas el cansancio era notable, a cada paso que daba tenía que desenterrar mis pies del lodo, a veces parecía pegamento. Al atardecer encontramos un pequeño canal con agua estancada: el agua parecía llegar hasta las rodillas y decidimos evitar este camino. ¿Recuerdan cuando mencioné que se tienen que empacar las cosas en orden de prioridad? Bueno, pues era hora de caminar con las lámparas en la cabeza, ya que estábamos a minutos de no poder ver más. La noche cayó y nosotros seguíamos caminando.

Cuando estás en la selva no está prohíbo detenerse a descansar, pero se recomienda no hacerlo; esto debido a que los moscos llegan, las hormigas suben por los pies, o una víbora decide defenderse si estás cerca de ella. Por ello no puedes sentarte, porque te impregnas de alimañas, tampoco debes recargarte en los árboles para evitar las garrapatas, así que lo mejor es caminar y caminar hasta salir.

Es impresionante ver como cambia el lugar por la noche: bichos, colores, olores y sobre todo sonidos diferentes; durante el día es muy fácil escuchar aves o los monos pero en la noche los sonidos son suaves como susurros: sonidos tan extraños que es difícil saber si se trata de un anfibio, un escarabajo o un mamífero; se escucha movimiento entre las hojas del piso y sonidos en las copas de los árboles.

Como a las ocho de la noche noté algo diferente: tenía un poco de frío, lo cual me pareció extraño pues en estos lugares normalmente uno mantiene la temperatura templada. La vegetación ya no era tan espesa y podía ver el cielo, al fin indicios de que estábamos cerca de nuestro destino, un antiguo puesto militar guatemalteco. Con el ánimo recobrado, el deseo de quitarme la mochila de la espalda y poder sentarme, apresuré el paso. Caminamos por unos potreros por una hora más en la oscuridad sólo interrumpida por nuestras lámparas; a cada paso la vegetación cedía más y el cielo quedaba más descubierto, luego llegamos a un sendero más estrecho y al fin un rastro de actividad humana. La luz de la luna era suficiente para ver por dónde caminaba. Las nubes regresaron y encendí mi lámpara; de nuevo noté algo diferente: resplandores de color azul metálico, decenas, cientos de esos resplandores, que eran en realidad arañas, estaba tan entretenido con ellas que no me di cuenta cuándo llegamos a nuestro destino. Llegamos a las nueve y media de la noche al campamento guatemalteco; nos recibieron unas personas que nos comentaron que este lugar había sido una instalación militar y que habían dejado de funcionar. Ahora es un albergue y ellos son guardabosques financiados por una ONG europea. La instalación cuenta con recámaras, baños y regaderas que ahora son usadas para dar alojamiento a turistas y a científicos que vienen a estudiar algún aspecto de la selva o de la zona arqueológica de Piedras Negras, que pertenece al Parque Nacional Sierra del Lacandón. Mientras se encendía el fuego para cocinar la cena, montamos el campamento y el resto de la noche lo usamos para platicar, tomar agua, asar carne y comer sopa.

Estaba tan agotado que desde el momento en que me acomodé en mi saco de dormir no abrí los ojos hasta la mañana siguiente. En la mañana los monos aulladores nos despertaron temprano, justo a la hora de desayunar. Hicimos el recuento de los daños que sufrimos: garrapatas, torceduras y ampollas y aún así con ánimos de embarcarnos al río Usumacinta, el más grande de Centroamérica y el más caudaloso de México; éste se origina en Guatemala y desemboca a más de 900 km al norte, en el Golfo de México. Subimos a una lancha de motor, después de 2 km contra corriente llegamos a nuestro destino. Desembarcamos en un arenal del lado de Guatemala, de ahí caminamos unos 15 minutos en la selva del Petén para llegar a la ciudad antigua de Piedras Negras, construida hace más de 1340 años, fue una de las ciudades mayas más importantes, fue habitada durante el llamado periodo Clásico Maya, hace 1095 años. Ahí existen dos campos de juego de pelota, palacios y templos piramidales; de gran riqueza estructural y calidad artística en la que destacan los grabados que adornan la ciudad.

Tatiana Proskouriakoff, arqueóloga y estudiosa de los vestigios mayas de Guatemala y México, logró descifrar estelas y códices; también analizó la arquitectura maya. Su trabajo fue destacado, pero se vio envuelta en innumerables casos de saqueos a las ruinas; no obstante su último deseo antes de morir, en 1985, fue que sus cenizas fueran enterradas en el templo más alto de Piedras Negras.

Lamentablemente las cenizas de la arqueóloga Tatiana se encuentran indebidamente enterradas ahí, dentro de una urna de concreto, incrustada en la estructura original de la pirámide.

El nombre del lugar fue dado por lo oscuro de la piedra de sus construcciones, Yo’ki’b era su nombre maya, significa la entrada o gran puerta; ésta aún conserva parte de su pasado esplendor.

Al regresar al campamento, recargamos nuestra botellas de agua, levantamos el campamento y agradecimos a nuestros anfitriones y guías. Regresamos a la selva y a mitad del trayecto nos topamos con un jaguar que nos estuvo observando con precaución por varios minutos; antes de poder fotografiarlo decidió adentrarse en la selva y salió de nuestra vista, aunque posiblemente nos vigilaba camuflado entre la maleza. ¡Qué afortunados fuimos! Ver un jaguar en pleno día. El cansancio del día anterior aún era latente, después de las primeras cuatro horas de caminata, y de saltar troncos gigantes y sacar los zapatos del fango, mis pies ya no querían moverse pero no había alternativa, seguí caminando. Una ligera lluvia nos acompañó menos de media hora; me preguntaba a qué hora saldríamos e hice un recuento de lo que vi el día anterior: el árbol gigante ya lo habíamos pasado y el canal también; el río estaba a nuestro lado izquierdo, por ello calculé que faltaba hora y media de camino y de repente la tierra comenzó a inclinarse, hasta llegar a un claro entre los árboles. Por fin, pude ver los sembradíos y después los potreros. En ese momento sentí pesadez en todo mi cuerpo, probablemente fue el tramo más difícil del camino; estar tan cerca de la camioneta, pero con los pies y los hombros molidos fue un suplicio. Los últimos pasos que dimos eran tímidos y cortos; las torceduras y las ampollas generadas por tanta humedad en los pies hacían difícil cada zancada, después de ver que la carretera se formaba de nuevo, nunca pensé que volver a ver asfalto me haría sentir bien. Al fin, nuestra camioneta. Todos arrojamos nuestras mochilas y nos desplomamos en el piso muy alegres, pero también muy cansados.

En el camino de regreso a Tenosique paramos en la finca de don Rodolfo Álvarez a probar el queso, licor de jamaica y zarzamora que elaboran aquí; con el hambre y cansancio que teníamos fue un deleite para nuestros paladares. Después de platicar un rato, continuamos nuestro camino al centro de Tenosique, ahí dormiríamos y al día siguiente simplemente descansaríamos esperando la hora de nuestro vuelo para regresar a la Ciudad de México, por coincidencia llegamos en época de carnaval, hacía unos días que había comenzado la fiesta. Este carnaval está catalogado como uno de los más extraños del mundo debido a que la gente acostumbra arrojarse harina, huevo y agua el primer día de fiesta. El carnaval cuenta con características verdaderamente tradicionales pues cada domingo de fiesta se práctica el baile del Pochó y se sabe que su origen es anterior a la conquista; la danza representa las cualidades y defectos de la humanidad y su lucha contra los obstáculos enviados por los dioses. Tres personajes intervienen en la danza: las pochoveras, mujeres de vestidos blancos y coloridos adornos florales representan neutralidad y balance; los pojóes, hombres con máscara de madera y atuendos hechos con hojas de plátano, se encargan de luchar contra los tigres o jaguares enviados por el dios Pochó, son interpretados por niñas que vestidas con pieles. La fiesta y baile recorre todo el pueblo, a cada cuadra que se avanza más gente se une y la tarde transcurre entre tamborazos y pitidos con silbatos de carrizo. Y para terminar la tarde no hay nada como, frijoles refritos con totopos de maíz salpicados con una salsa habanera acompañado con un buen puchero combinado con arroz blanco. En el centro del país le llamamos mole de olla y es rojo.

Al término del día y ya acostado en mi cama hacía un recuento de lo que realizamos en los días pasados: conocer pueblos, estar en contacto con tradiciones, visitar vestigios milenarios y recorrer la selva fue una experiencia rejuvenecedora, sobre todo cuando se está en contacto con tradiciones y una magnífica naturaleza. El naturalista John Muir alguna vez escribió que mantener el corazón cerca de la naturaleza, escalar una montaña o pasar unos días en el bosque limpia nuestro espíritu, después de este viaje ¡sí lo creo!

Información turística

  • Ecoexperiencias
  • contacto@ecoexperiencias.com - www.ecoexperiencias.com
  • ocvpalenque@gmail.com
  • Oficina de Convenciones y Visitantes de Palenque, Chiapas y Zonas Turísticas Aledañas. Carretera Palenque Catazajá km 25.5, Col. Pakal-Na S/N C.P. 29960 Palenque, Chiapas.
  • www.ocvchiapas.com
  • turismochiapas.com
  • Hotel La Aldea
  • Carretera a Las Ruinas km 2.8 Palenque
  • http://www.hotellaaldea.net/
  • reservaciones@hotellaaldea.net
  • Tel. 01800 083 5529
  • Coordinación de Turismo de Tabasco
  • Tel. 01 (993) 352 36 02
  • www.visitetabasco.com